sábado, 24 de diciembre de 2016

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La escritora

Alguna vez escuchó la frase «Si un escritor se enamora de ti, jamás morirás». Además de una mujer loca que se quedó con toda su fortuna después del divorcio, Julián no conocía a nadie que lo amara de una forma romántica —ignorando el hecho de que su exesposa jamás lo hizo—.
Esa frase siempre estuvo presente en su vida; uno de sus sueños era ser escritor, sin embargo, nunca tuvo el talento que se requería para ello, por lo que se vio obligado a estar conforme con su empleo de editor. Leía montones de libros, sintiéndose envidioso cada que imaginaba en quién podrían haber sido inspiradas tales obras.
Como si fuera cosa del destino o simple buena suerte, una tarde de sábado, mientras daba un paseo por calles desoladas de la ciudad, se topó con un letrero que le hizo detener su marcha. Era pequeño y de madera sobre una puerta alta y angosta color marrón oscuro. Con letras pintadas a mano citaba: «¿Quieres tener tu propia historia? Pasa, yo la escribiré para ti». Además, con letras rojas agregaba: «Tú pones el precio».
Lo consideró por escasos segundos. No tenía trabajo ese día, tampoco había alguien en casa esperando su llegada; no perdería nada. En el fondo, lo deseaba verdaderamente. Algo en su interior le gritaba que golpeara esa puerta, probablemente su cabeza, o su corazón solitario anhelando eso. Sin pensarlo más, empuñó la mano y golpeó el metal con los nudillos tres veces.
Nada.
Esperó un momento corto y volvió a golpear. Debido a que nadie abría, decidió continuar su camino. Quizá después podría volver e intentar. Antes de que pudiese dar la vuelta y alejarse, percibió un ruido que parecía ser provocado por trastes, seguido de pasos fuertes. La puerta se abrió con un rechinido y una sonrisa joven se asomó. Parada en el marco había una mujer de aspecto elegante aunque sencillo. Vestía con una falda blanca hasta las rodillas y una blusa de manga tres cuartos color salmón. Llevaba el cabello sujetado en una coleta alta y nada de maquillaje.
Era bonita, pensó. También lucía como una persona agradable. El silencio se extendió entre ellos hasta que la mujer habló.
—¿Viene por el anuncio? —Parecía feliz; más que eso, la emoción era palpable en su voz suave.
Julián sonrió tímido y rascándose la nunca asintió con un movimiento de cabeza.
—¿Tiene tiempo? —preguntó él.
—Para usted, ¡claro! —exclamó haciéndose a un lado. Se dio media vuelta antes de indicarle que la siguiera al interior—. Siempre tengo tiempo para las personas que vienen a eso. Últimamente nadie ha venido a buscarme —Terminó de decir con notable decepción—. Espere sentado por ahí —Señaló un sofá—. Iré a la cocina a buscar algo para tomar.
Julián caminó hasta la pequeña sala y se sentó, moviendo un pie nerviosamente. Observaba la vivienda; era mediana, cómoda y un aroma a cítricos llenaba el aire. A su derecha, pegado a la pared, había un librero enorme repleto de libros. Reconoció algunos de los títulos. Entrelazó las manos sobre sus rodillas a la espera de la mujer.
—¿Le gusta el jugo de naranja? No es natural, pero la marca es buena. —Apareció ella y colocó dos vasos y una jarra en la mesa de centro que había en medio de los sillones, luego se acomodó frente a él y lo observó con fijeza.
—Gracias —pronunció, sintiéndose incómodo repentinamente bajo la mirada penetrante. Carraspeó—: ¿Pasa algo?
—Nada. Estoy grabando su rostro —respondió con naturalidad—. Necesitaré recordarlo perfectamente al escribir. Pero, ¿sabe? Creo que será difícil, pues usted no tiene facciones muy comunes.
—Bueno, si quiere, puedo quedarme hasta que termine. Tengo el día libre, si le parece —propuso con voz vacilante.
—¡Perfecto! —La mujer se inclinó hacia adelante y llenó los vasos con jugo—. Seguro que no tardaré, pero antes debemos tener una conversación para averiguar algunas cosas sobre usted —dijo mientras le pasaba una de las bebidas.
Tuvieron una charla mucho más amena de lo que imaginó, tanto que una hora se escurrió volando. Ella le dijo que se llamaba Laura. Quiso saber más, pero no lo dejó, alegando que la conversación debía girar en torno a él y nada más.
Desapareció unos minutos para después volver con un cuaderno de pasta blanda y una pluma de tinta negra. Se sentó frente al escritorio que reposaba en una esquina de la casa y le dijo que esperara. Antes de empezar a escribir, se volvió hacia él con ojos brillantes.
—¿Cuál es su género favorito dentro de la literatura? —cuestionó. Inicialmente pensaba responder que el terror, pero decidió ser sincero.
—Me gusta el romance. Lo romántico me encanta. Con drama y todo eso, ya sabe, historias que logren sacarle lágrimas a quien sea que las lea.
No se dijo nada más. Durante más de dos horas, lo único que se escuchaba era el deslizar de la pluma sobre el papel. A veces, Laura giraba y posaba su mirada en él; luego regresaba la vista al cúmulo de letras escritas con perfecta caligrafía. A pesar de la situación en la que se encontraba, se sentía realmente cómodo.
—¡Terminé! —Levantó los brazos sosteniendo orgullosamente el cuaderno. Una sonrisa de dientes blancos relucía en su rostro con ojos curvados en dos medias lunas.
Se sorprendió de la rapidez con la que lo hizo. Ella sacudió la libreta frente a él.
—¿Cuánto le debo? —preguntó dando su primera sonrisa. Se sentía lleno de una felicidad inusual. Era como si su cuerpo se hubiese liberado de una carga pesada después de mucho tiempo.
—Es necesario que la lea antes de pagarme cualquier cantidad. No me gustaría que me dé más dinero del que merezca, ¡imagine que la lleve a su casa y no le guste! —repuso elevando las cejas. Luego de pensarlo, Julián estiró una mano en su dirección; Laura le entregó el cuaderno. Prosiguió a leer.
Ni siquiera había llegado a la quinta línea y ya pensaba lo mejor del escrito. Era, sin duda, una obra de arte. Cada palabra le llenaba el pecho de una sensación cálida y un sabor dulce se extendía por su boca. Parecía magia.
Julián creía en Dios. Creía que se apiadaba de los enamorados. Estaba seguro de que, después de morir, las almas de los que se amaban no desaparecían. Soñaba con el Paraíso. Donde el celeste del cielo resplandece bajo la luna lucífera y las las nubes arreboladas se alabean con el viento en espirales. Un sitio cálido y confortante, ideal para pasar la eternidad. Anhelaba tomar su mano y volar hacia el viento junto a las mariposas amarillas. Atacar sus labios con besos fugaces o lentos, sin descanso.
Subió su mirada desde la página al rostro de la escritora, conmocionado. Quería felicitarla, alabar su trabajo y agradecerle. Había cumplido su sueño, después de todo. Y, en definitiva, era mejor de lo que se imaginó alguna vez.
—Yo… no sé qué decir —pronunció. Sus ojos estaban más grandes de lo normal debido a la reciente emoción. Su sonrisa se ensanchó—. Es que… es genial. Simplemente genial. Usted se merece el mejor de los pagos. Es más, ¡elija usted el precio!
—No es necesario —dijo—. El precio ya ha sido pagado.
Julián no entendió la frase. No hasta que se encontró atrapado, siguiendo un guión al que poco después de acostumbró. Las palabras ya se sentían familiares saliendo de su boca. Con el tiempo, se aprendió de memoria cada acción, se apegaba a ello cada vez más, pues, aun si quisiera, no podía hacer uso de su voluntad entre las rejas de papel en las que se hallaba encerrado.
Todo lo que alguna vez soñó se difuminó en la nada, como los rayos del sol bajo la luna. Después de morir, su alma se encontró en un sitio que nada tenía que ver con lo que imaginó. No se suponía que sería así.
Entonces, luego de un largo viaje que no valió la pena, Julián comprendió que ella no lo amaba.
FIN
Y luego de la palabra «FIN», la historia se repetía siguiendo la línea de un círculo sin fin. Y la existencia de Julián se había convertido en simple tinta.
El genio falaz: Dr. Monroe

—Damas y caballeros, miembros del Consejo, tengo dos maravillas para compartir con ustedes esta noche. Primero, déjenme presentarles el siguiente hito en la evolución de nuestra especie: ¡la inmortalidad! —Con su teatralidad característica, el Dr. Monroe lo dice extendiendo sus brazos, y su casaca de color borgoña revolotea con cada gesto.
El público deja salir un grito ahogado cuando el telón cae, revelando la figura pálida y sin camisa de un hombre sentado, sujetado a la silla con grilletes; su expresión imita bizarramente a la confusión de los presentes.
—Este hombre, un ladrón, asesino y peste para nuestra sociedad, se ha ofrecido por caridad a servirme en la demostración del último avance en la medicina —Hace una pausa, para luego tomar un pequeño y llamativo frasco de su cinturón—. ¡Es este! El producto de mi exhaustiva investigación en xenotransplantes. Estoy seguro de que recuerdan a Sir Winston…
Lo hacen. Nunca olvidarían la presentación del año pasado de un cuerpo humano sin genitales, desnudo y tirado descuidadamente en el suelo. Ni tampoco los ojos caídos de la cabeza del basset hound con la que, quirúrgicamente, había sido sustituida la original. Durante horas vieron con la respiración entrecortada a la criatura que tomaba agua de un plato, solo para que el líquido se derramase por los puntos de sutura en su cuello. Los dedos de sus pies y manos se retorcían como si se cuestionasen el obedecer o no a su nuevo amo.
El Dr. Monroe sonríe ante la mirada de comprensión del público.
—Fue a través de ese estudio que descubrí el mecanismo secreto del que se valen todos los organismos vivientes para curarse a sí mismos, y de esta forma creé la Toxina Invictus que ven aquí. Cuando es consumida, y se le da el tiempo suficiente para que se circule por el sistema vascular, abrirá los canales de sodio ionizado del cuerpo y actuará como un campo eléctrico.
Sonriendo, baja un enorme interruptor y un estridente zumbido invade la sala. Brillantes chispas azules parecen reverberar por cada superficie, y John Hanes, de Phillips & Sons, da por seguro que el salón podría explotar en cualquier momento.
—También está el bizarro efecto secundario de volver a la persona que la beba inmune al dolor. Al inicio, pensé en los ilimitados beneficios de utilizarla como anestesia, pero luego descubrí que los afligidos cirujanos nunca podrían hacer su trabajo: las heridas del paciente sanarían incluso antes de que una incisión menor fuese producida —Saca una larga hoja de afeitar y la agita para que todos la vean—. ¡Es tiempo! ¡Exitus acta probat!
Con lentitud, guiando el suspenso, reposa la hoja bajo la caja torácica de su prisionero. Sabiendo lo que viene, el hombre grita, agitando frenéticamente su cabeza, mientras trata de liberarse de las ataduras. Ignorándolo, el doctor empuja el arma y la desliza hacia abajo por la piel del espécimen que se corta como si fuese cera derretida; pero no sale sangre.
El hombre no grita de dolor, ni siquiera parece haber notado el daño causado a su cuerpo. Y entonces, milagrosamente, la herida comienza a cicatrizar, empezando por el extremo inicial del corte y descendiendo hasta que su piel luce tan inmaculada como antes.
El público está perplejo. Algunos dudan de sus ojos, otros hasta de sus mentes; pero sucedió, justo enfrente de ellos.
Una voz protesta desde el fondo de la sala:
—Dr. Mon…
Con una velocidad sorprendente, Monroe revela una pistola oculta en el reverso de su abrigo, presiona el cañón contra la frente del espectador más cercano, y dispara. El blanco, Rosa Smith del Holy Mercy’s Herald, cae de rodillas al suelo gritando. Pese a que, por el agujero circular en la pared detrás de su cuerpo, sea evidente que la bala ha atravesado su cráneo completamente, ella no para de gritar.
—Es una suerte que la señorita Smith tuviera el cuidado de beber el Invictus. De hecho, todos ustedes se han estado preparando para esta noche. —Señala las copas de champaña vacías que se encuentran en todas las mesas.
El silencio que sigue a esa declaración es casi tangible. Y luego, la curiosidad vence, y un diminuto hombre muy próximo al escenario muerde gentilmente la piel de su mano. Su rostro se llena de sorpresa al no experimentar la más mínima sensación de dolor, y entonces decide ir un poco más lejos, y arranca todo el pellejo que puede desde la palma de su mano hasta su muñeca. De nuevo, no hay sangre, solo un pequeño destello azul mientras la piel regresa a su lugar.
La violencia se desata sutilmente en la sala en tanto los invitados prueban las aguas del vasto océano que tienen frente a ellos. Y luego estalla. Un gran hombre de dos estados al norte pide —más bien ruega— por la pistola del Dr. Monroe. Cuando la obtiene, reta a los demás a que le disparen, gozoso de vivir su fantasía de ser un héroe indestructible.
Una mujer que no ha parado de recordarles a todos que «viajó por tres noches en tren para ver el acto» es tentada a romper las uñas largas de su mano derecha, y luego ve cómo saltan de la mesa y vuelven a su base.
—Esto va a ser realmente asombroso —dice—. ¡Imaginen todas las mujeres que darían su alma por nunca volver a tener una uña rota!
En medio del ascendente caos de miembros quebrándose y gente apuñalándose entre sí, el Dr. Herz se detiene para tomar un respiro.
—¡Realmente lo has hecho, Dr. Monroe! Un mundo sin dolor, sin sufrimiento, sin heridas; aunque me temo que esto me dejará sin trabajo —se mofa mientras acomoda su bata blanca—. Pero dijiste que presentarías dos objetos el día de hoy. Con el primero siendo tan sacudidor, ¡encuentro muy difícil que el segundo se le equipare!
En ese momento es cuando la ve, la primera gota escarlata que se ha asomado en toda la noche. El dedo pulgar del prisionero está sangrando. Horrorizado, el Dr. Hearz se voltea hacia Monroe:
—Dr., ¿qué dices a eso? ¿Por qué aún no ha sanado?
Monroe no responde de inmediato. Parece hipnotizado por el reloj de bolsillo que está sosteniendo.
—No se preocupe, buen doctor; él claramente fue lastimado y se curó al instante cuando lo sujetábamos a la silla. Es solo que su herida se acaba de volver a abrir aproximadamente ocho minutos después de que la toxina fuera metabolizada.
Todos están en silencio, atentos a cada una de sus palabras.
—A pesar de todos mis esfuerzos, la Toxina Invictus recorre el cuerpo humano en mil ochocientos segundos; es decir, media hora. De este modo, pasamos al experimento final de la noche: un ejercicio de lo inevitable.
Mira su reloj de nuevo antes de hacer un ademán de agradecimiento y señalar al sujeto de prueba. En lo que el público responde a su gesto y voltea, el pálido hombre empieza a gritar y convulsionar violentamente. La herida en su estómago se abre como si hubiese sido producida por una cuchilla fantasma, imprimiendo una brillante y roja luna creciente, muy parecida a la sonrisa del falaz Dr. Monroe.
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Hola amigos bienvenidos a mi canal esto solo es un pequeño repaso de lo que sera mi canal tops terror gameplays etc...